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La otra cita

Ella lo observaba mientras estaba apoyado en la barra hablando con el camarero. Era tan atractivo que no podía creer que la hubiera elegido. Él la miró y le regaló una sonrisa que hizo que su mundo se derritiera. Enseguida se le acercó con dos copas y le ofreció una. Mientras bebía él se mostró algo impaciente. Después charlaron un buen rato, era uno de los hombres mas perfectos que había conocido nunca. Ilusionada dejó volar su inocente imaginación: sin duda iba esa noche iba a ser muy especial.

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Hermosa

Siempre le habían dicho que era muy guapa, que llegaría muy lejos en la vida. Al principio no lo entendía, ¿qué tendrá que ver ser guapa con conseguir lo que quería? Pero el tiempo les dio la razón. Ser atractiva le había abierto muchas puertas. Era algo asqueroso. Pero en cierto modo le hacía sentirse mejor cuando los destripaba.

Detective secreto

—¿Quiere dejar usted se seguirme? —le gritó la mujer enfadada. El resto de los clientes de la cafetería levantaron la vista para contemplar la escena. Fermín bajó el periódico que fingía leer y se hizo el sorprendido. —No sé de qué me habla señora. La mujer le arrebató el periódico de las manos y lo enrolló para golpearle en la cabeza. —¿Qué no sabe de que le hablo? —Miró a su alrededor y se dirigió al resto de personas— ¡Pero qué cara más dura! ¡Si lleva detrás de mí desde que he salido de casa! —Volvió a centrar toda su atención en él—. Pero si es imposible no fijarse en usted, con ese estúpido sombrerito ¡Y seguro que debajo de esa gabardina no lleva nada de ropa! ¿Qué es usted? ¡Un pervertido! El encargado se acercó. —¿Está bien, señora? ¿Quiere que llamemos a la policía? La mujer asintió satisfecha y Fermín se empezó a poner nervioso. «No, otra vez no». Perdería a su cliente, pero no estaba dispuesto a pasar otra noche en el calabozo. Se levantó, y salió del local...

Vlad

Vladimir era un tío pálido, de aspecto enfermizo y muy siniestro. Decían que nunca salía a la calle de día, pero que cuando no tenía más remedio, siempre llevaba un gran paraguas para protegerse del sol que le provocaba graves quemaduras. Hablaban de que era un criminal, de que conseguía bolsas de sangre en el mercado negro. Que con ellas se mantenía vivo, que le hacían más joven. El día que la pequeña Ruxandra desapareció, pensaron en él, y dijeron en voz alta lo que todo el mundo pensaba: Vlad era un vampiro y seguramente la niña era una de sus numerosas víctimas. Nadie dudó de su culpabilidad y sin pensarlo dos veces irrumpieron en su casa para lincharlo. El pobre no aguantó demasiado. La niña apareció al día siguiente, se había escondido para llamar la atención. En la autopsia se confirmó que Vladimir tenía porfiria.