Habían pasado muchos años. Demasiados. Las arrugas en su piel lo demostraban. Apenas podía caminar erguido y los dolores le martirizaban cada vez más. Sin embargo ella seguía igual que el primer día. Joven, guapa, radiante. Y, como siempre, le miraba con una preciosa sonrisa. Casi no parecía ni que estuviera muerta.
Encontró el viejo libro dentro de un baúl en el desván abandonado. Nunca había visto nada parecido. No tenía título. La portada de piel estaba decorada por preciosas filigranas doradas. Lo abrió con cuidado y se maravilló por la cuidada caligrafía con la que estaba escrito. Eligió un párrafo cualquiera y leyó en voz alta. En la otra punta de la buhardilla, el gólem abrió los ojos.

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