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Visita inesperada

La tenía justo delante. Podía escucharla, pero no me atrevía a abrir los ojos; no quería verla. Contuve el aliento para que no me descubriera.

Entonces susurró mi nombre. Muy bajo. Muy despacio. Pronunciando cada sílaba de una forma primigenia y cruel. De una forma que sólo provocaba miedo.

Ahí es cuando lo supe, no tenía nada que hacer: Nadie puede escapar cuando te visita la Muerte.

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