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El progreso


Esto de las nuevas tecnologías le venía grande.

Llevaba muchos años en la empresa realizando un trabajo impecable. Eso sí, todo el papeleo a mano. Así que cuando le plantaron el ordenador portátil encima de la mesa, no supo reaccionar. 

Nunca había visto uno tan de cerca. Lo observó durante unos minutos y le dio un par de vueltas. «¿Esto de que lado iba?». Tenía un montón de ranuras de diferentes formas, pero ninguna coincidía con el cable que, se suponía, lo conectaba a la luz. Tampoco era capaz de abrirlo, pulsó todos los botones, tiró de todas las hendiduras… Suspiró exasperado, «qué manera de dificultar las cosas». Sacudió la cabeza «¿Y esto es el progreso?» Apartó el extraño aparato infernal a un lado y volvió con sus informes perfectos… no estaba para perder el tiempo con tonterías.

En menos de una semana, un jovencito ocupaba su puesto. No tenía ni idea de cómo hacer su trabajo, eso sí, ¡cómo tecleaba! Se movía por los formularios a la velocidad del rayo. Eso era el progreso.

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Alquimia

Encontró el viejo libro dentro de un baúl en el desván abandonado. Nunca había visto nada parecido. No tenía título. La portada de piel estaba decorada por preciosas filigranas doradas. Lo abrió con cuidado y se maravilló por la cuidada caligrafía con la que estaba escrito. Eligió un párrafo cualquiera y leyó en voz alta. En la otra punta de la buhardilla, el gólem abrió los ojos.

Mal

El agente sujetaba con fuerza su arma mientras aguardaba el momento oportuno para entrar en el edificio. El corazón le palpitaba en la cabeza tan fuerte que era prácticamente lo único que escuchaba. De pronto vio como su compañero le hacia una seña, y sin pensárselo dos veces derribó la puerta de una patada. El subidón de adrenalina fue tan intenso que no le permitió percatarse de que algo iba mal: Mientras encañonaba a las figuras de ojos vacíos, a su espalda una presencia cruel, hostil y primigenia se relamía pensando en el exquisito momento que estaba a punto de disfrutar.

Pantallazo

Tecleaba compulsivamente como si sus ideas, claras en su mente, fueran a esfumarse en cualquier momento. Los comandos, las variables, los algoritmos: todo encajaba como un puzle perfecto.  De pronto la pantalla se congeló y su corazón dio un vuelco. Entonces un interrogante machacó su brillante cabeza: "¿Hacía cuanto que no guardaba?"