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La Recompensa

El joven y apuesto caballero estaba plantado delante del foso, justo en la puerta.

—¡Ha del castillo! —gritó entusiasmado.

Había realizado una singular proeza que le había llevado muchísimo tiempo y esfuerzo y que había requerido una habilidad descomunal: cargaba con la cabeza del terrible dragón en su morral.

No podía imaginar la recompensa y el reconocimiento que todo eso iba a acarrear.

Se escuchó el ruido de las cadenas que abrían el portón. Su corazón empezó a palpitar a mil por hora.

Y de pronto: oscuridad.

—¡Carlitos, es la tercera vez que te digo que la cena está en la mesa! —le reprochó su madre con el cable de la videoconsola en la mano.

No se le había ocurrido guardar la partida en toda la tarde. Esa noche la recompensa del caballero serían unas nutritivas espinacas con queso.

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Alquimia

Encontró el viejo libro dentro de un baúl en el desván abandonado. Nunca había visto nada parecido. No tenía título. La portada de piel estaba decorada por preciosas filigranas doradas. Lo abrió con cuidado y se maravilló por la cuidada caligrafía con la que estaba escrito. Eligió un párrafo cualquiera y leyó en voz alta. En la otra punta de la buhardilla, el gólem abrió los ojos.

Mal

El agente sujetaba con fuerza su arma mientras aguardaba el momento oportuno para entrar en el edificio. El corazón le palpitaba en la cabeza tan fuerte que era prácticamente lo único que escuchaba. De pronto vio como su compañero le hacia una seña, y sin pensárselo dos veces derribó la puerta de una patada. El subidón de adrenalina fue tan intenso que no le permitió percatarse de que algo iba mal: Mientras encañonaba a las figuras de ojos vacíos, a su espalda una presencia cruel, hostil y primigenia se relamía pensando en el exquisito momento que estaba a punto de disfrutar.

Pantallazo

Tecleaba compulsivamente como si sus ideas, claras en su mente, fueran a esfumarse en cualquier momento. Los comandos, las variables, los algoritmos: todo encajaba como un puzle perfecto.  De pronto la pantalla se congeló y su corazón dio un vuelco. Entonces un interrogante machacó su brillante cabeza: "¿Hacía cuanto que no guardaba?"