En su ciudad nunca nevaba, llovía mucho, muchísimo, pero jamás caía nieve. Por eso cuando se despertó por mañana y vio por la ventana toda la calle blanca, se emocionó, se vistió con su jersey más grueso, y se puso abrigo, gorro, bufanda y guantes. Bajó de tres en tres los escalones. Al salir del porta y mirar a su alrededor, bufó desilusionado, se dio la vuelta y volvió a subir a casa. Algún imbécil se había divertido esa noche jugando con pintura.
Encontró el viejo libro dentro de un baúl en el desván abandonado. Nunca había visto nada parecido. No tenía título. La portada de piel estaba decorada por preciosas filigranas doradas. Lo abrió con cuidado y se maravilló por la cuidada caligrafía con la que estaba escrito. Eligió un párrafo cualquiera y leyó en voz alta. En la otra punta de la buhardilla, el gólem abrió los ojos.

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