En su ciudad nunca nevaba, llovía mucho, muchísimo, pero jamás caía nieve. Por eso cuando se despertó por mañana y vio por la ventana toda la calle blanca, se emocionó, se vistió con su jersey más grueso, y se puso abrigo, gorro, bufanda y guantes. Bajó de tres en tres los escalones. Al salir del porta y mirar a su alrededor, bufó desilusionado, se dio la vuelta y volvió a subir a casa. Algún imbécil se había divertido esa noche jugando con pintura.
Vladimir era un tío pálido, de aspecto enfermizo y muy siniestro. Decían que nunca salía a la calle de día, pero que cuando no tenía más remedio, siempre llevaba un gran paraguas para protegerse del sol que le provocaba graves quemaduras. Hablaban de que era un criminal, de que conseguía bolsas de sangre en el mercado negro. Que con ellas se mantenía vivo, que le hacían más joven. El día que la pequeña Ruxandra desapareció, pensaron en él, y dijeron en voz alta lo que todo el mundo pensaba: Vlad era un vampiro y seguramente la niña era una de sus numerosas víctimas. Nadie dudó de su culpabilidad y sin pensarlo dos veces irrumpieron en su casa para lincharlo. El pobre no aguantó demasiado. La niña apareció al día siguiente, se había escondido para llamar la atención. En la autopsia se confirmó que Vladimir tenía porfiria.

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