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Buenos amigos


—Venga, échate otra, tío. Yo te invito.

No me encuentro nada bien, es raro, pues sólo hemos bebido cerveza. Miro el reloj, son casi las dos de la madrugada. Pero hace tanto que no quedo con Mario que no puedo negarme.

—Vale, una más y me piro —respondo con un bostezo mal disimulado.

Agita el botellín en dirección al camarero que enseguida nos acerca un par más.

No me esperaba que Mario me llamara. Después de lo de Lola, las cosas no habían acabado demasiado bien entre nosotros. Pero la verdad es que me alegro de poder hablarlo y solucionarlo al fin. Siempre hemos sido buenos amigos.

Doy un sorbo a mi botellín, pero me sabe fatal. En serio, ¿qué lleva esta cerveza? Me siento extraño, entumecido.

—¿Estás bien? —Mario me mira preocupado. —Vamos fuera para que te dé un poco el aire.

Asiento y permito que me guíe. La cabeza me empieza a dar vueltas. No puedo pensar. Cuando pisamos la calle todo se oscurece y pierdo el conocimiento.

Un sonido me despierta. Tengo los ojos vendados y estoy inmovilizado. Tengo mucho miedo. No sé dónde estoy, pero sé que no estoy solo.

—Pobre imbécil. —La familiar voz de Mario no me tranquiliza—. Nunca debiste irte con Lola.
Siento que apoya algo frío en la nunca. Es un arma. Seguro que es un arma. Se ríe mientras tiemblo descontrolado.

Alcanzo a escuchar el sonido del disparo, pero su eco se pierde en la nada absoluta.

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